• Fernando Batista

IR A MI BOLA

Hablando sobre el liderazgo y la importancia del trabajo en equipo, un querido amigo me contó recientemente un grato recuerdo de su infancia que le dejó huella profunda en el aspecto personal y profesional: el Canuto Futbol. Consistía básicamente en un partido de futbol, con la particularidad de que cada uno de los jugadores llevaba puesto una especie de cono frente a los ojos, que le impedía tener vista panorámica, permitiéndole solamente ver hacia el frente. Así, cada jugador perdía la visión de equipo e iba a su bola, esto es, viendo por sus intereses. Esto provocaba choques inesperados, caos y, por supuesto, la conciencia en los chicos de la importancia de jugar en equipo.


Quien derivado de la paternidad o por cualquier otro motivo tenga trato con niños coincidirá conmigo en que son, en esencia, unos tiranos que creen que todo el mundo gira a su alrededor y, por lo mismo, no suelen jugar en equipo. No les importa en lo más mínimo los horarios, si su madre está cansada, o cualquier otra circunstancia. Van a su bola; a lo que en ese momento les apetece y conviene. De manera que gran parte de la labor de la madre y del padre de familia, junto con los demás actores que intervienen en la educación de los chicos, es irles enseñando a pensar en los demás.


Sin ánimo de tirarme al drama pienso que los mayores vivimos muchas veces como el niño-tirano egoísta y los ejemplos saltan a la vista. Basta con acudir a cualquier reunión social, familiar o de trabajo para constatar que en no pocas ocasiones los diálogos son más bien monólogos en que cada cual hace uso de la palabra para hablar de sus cosas, sin interesarse los unos por los asuntos de los otros. En el ámbito profesional suele ser cada vez más común que cada responsable cuide su parcela, sin dar la debida importancia a las necesidades de la organización.


Incluso las redes de moda son redes en esencia egoístas, en las que lo que importa es postear mis vacaciones, mi nuevo outfit, el platillo que me comí el fin de semana en el restaurante de moda, mi reciente logro profesional o mi rutina de ejercicio.


Frente a este escenario se explica que los índices de depresión a nivel mundial alcancen una cifra mayor a los 300 millones según la OMS, pues como advirtieron desde antiguo los griegos, la felicidad no está en la búsqueda del propio placer, sino en el arte de vivir de manera virtuosa –eudaimonia—, que implica necesariamente “salir de uno mismo” para darse a los demás.

Decía el Dalai Lama que había descubierto que cuanto más nos preocupamos por la felicidad de los demás, mayor es nuestro propio sentido de bienestar. Quien haya hecho este experimento puede dar fe de la sabiduría que se encierra en estas palabras. Con frecuencia pregunto a mis hijos qué les reporta más felicidad, si recibir o dar regalos y en todos los casos coinciden en lo segundo. Por el contrario, quien se afana en la búsqueda egoísta de lo que más le conviene termina invariablemente con una sed de felicidad que nunca consigue saciar.


Estoy convencido de que buscar la felicidad propia en hacer felices a los demás es el secreto de una alegría y gozo constantes, además de ser el principio de unas relaciones sociales más empáticas y fructíferas, en todos los sentidos. En una sociedad que parece haber huido del trabajo en equipo y del diálogo constructivo para centrarse en la descalificación y el conflicto, anteponer el bienestar de los demás al beneficio propio es una eficaz forma de darle la vuelta a esta cultura de ir a mi bola que ha ido dañando las relaciones entre personas, instituciones y naciones.


Agradezco las correcciones de Jaime N., Rocío M. y T., Cecilia C., Emilia F., Maribel R., y la ayuda de Ana Paola R. con el diseño del blog.

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